 | Aunque con tres conciertos quizá podría decirse todo sobre la estancia de Paul McCartney en México, para quienes presenciamos el martes por la noche su despedida de tierras mexicanas fue, más que un recital, una ceremonia particular. El Palacio de los Deportes recibió a miles de personas de todas las edades, con historias particulares en torno a Paul, a Los Beatles, a Wings: desde los que aprendimos el idioma inglés tarareando I saw her standing there, los que propusieron matrimonio con My love o aquellos que defendieron sus ideales de jóvenes sesenteros con Let it be. Todos, en ese lugar, teníamos un secreto que contarle a McCartney , fuera en un grito, en la flama del encendedor, por medio de un aplauso o en la misma oportunidad de escucharlo en vivo. Más que un artista internacional o una leyenda viviente, Paul fue la encarnación de un confidente musical, que conoce nuestro pasado y nos mata lentamente en un rollercoaster de emociones, ya que nos condujo producto de las décadas que lleva de experiencia en este negocio- de las lágrimas a la euforia beatlemaniaca con, por ejemplo, la bella calma de Blackbird y el éxtasis de Live and let Die; pensamos en el amor con Michelle y nos volvimos todos compañeros de una misma generación y una voz con el na, nana, naranana, naranana, Hey Jude. Macca, por su parte, estableció también una comunicación especial con su público. En español, nunca dejó su talante británico para agradecer (con su inseparable bajo levantado por los aires) cada aplauso y cada desgañitada garganta; con un encendedor, nos hizo entender que la luz mexicana se la llevaría en el recuerdo y, al recordar a tres personas fundamentales en su vida y su carrera (John Lennon, George Harrison y su gran amor, Linda McCartney), quiero pensar que fue porque también a nosotros nos dolieron sus partidas. No fue un concierto más porque la música de Paul, y en consecuencia, del beat inglés, no va a morir. A pesar de todas las corrientes que hoy día fluyen en la música mundial, escuchando la todavía patente vitalidad de ésta se comprende por qué es trascendente e inspiradora aún de muchas nuevas melodías y de muchas historias de vida. Paul McCartney nos cumplió a muchos un sueño anhelado desde niños. A otros, como a un pequeño de seis años sentado detrás de mí les ayudó a entender poco a poco por qué a su papá (que miraba al ex beatle con una rara mezcla de nostalgia y fascinación) le gusta tanto sacar sus discos viejos y regresar a los 60 y, especialmente, por qué él mismo se ha sorprendido cantando algo que ni siquiera vivió... Es la beatlemanía, entendida en McCartney una lluviosa noche de noviembre. |  |